[Opinión] ¿Qué hace que la música sea buena?


En ocasiones el melómano, o cualquier persona con gusto por la música, puede llegar a preguntarse a sí mismo qué es lo que hace que la música que más aprecia pueda considerarse buena, y si dicha consideración puede definirse como objetiva. A partir de cierta edad, todos tenemos más o menos claro lo que nos gusta, y también lo que nos pueda o no interesar, pero al intentar definir por qué algunas cosas son mejores que otras es cuando el asunto se complica, no tanto por intentar imponer la superioridad de nuestros gustos sobre los de los demás como por tratar de entender de qué manera encajan nuestras preferencias en la visión general de las cosas. En el mejor de los casos, sabemos por qué nos gusta lo que nos gusta y por qué nos parece interesante lo que nos atrae, pero para intentar comprender o justificar por qué son cosas buenas de por sí a menudo nos falta conocimiento y también algo que tan sólo cabría llamar “objetividad”.

Objetividad es aquí la palabra clave, no solamente porque uno trata de averiguar si su criterio es auténtico y verdadero, sino porque caracterizarlo como “objetivo” implica el reconocimiento por parte de los demás de que esto es así. La subjetividad es un elemento esencial en la valoración de las manifestaciones artísticas, que siempre hay que tener en cuenta como limitación de las propias impresiones, pero también como trasfondo que uno puede aportar para complementar o enriquecer la apreciación de una obra en concreto. La pretensión de objetividad, por su parte, no es un axioma categórico que deba cumplirse íntegramente, sino más bien un ideal al que apuntar en una estimación sincera de las cosas o, incluso, una guía que señale la dirección a seguir pero sin determinar por sí misma el grado exacto de implicación ni las estrategias a emplear.

En ese sentido, la objetividad no sería tanto, como a menudo se piensa, una utopía inalcanzable, sino un criterio indispensable pero también sujeto a la interpretación y el uso particular de cada cual. Se puede y se debe por tanto abordar con modestia pero también con realismo, sin que la imposibilidad de una objetividad absoluta invalide todos los juicios de valor que emitimos a diario, como sucede en la práctica. En el caso que nos ocupa, para llegar a definir con algún fundamento qué es lo que hace que la música sea buena, lo importante no es tanto, en opinión de quien suscribe, establecer unas bases que nos acerquen lo más posible a una objetividad ideal, sino examinar las condiciones en que una persona está expuesta a la música, es decir, cómo la escucha, la asimila y la valora. Partiendo de la idea que cada persona o grupo de personas tiene de lo que es la música se puede llegar a un resultado mucho más concreto e interesante que tratando de buscar un paradigma universal.

En el segundo capítulo (“Cómo escuchamos”) de su libro Qué escuchar en la música (1939), el célebre compositor norteamericano Aaron Copland dividió en tres categorías las distintas maneras en que las personas disfrutan de la música: (i) el nivel sensual (cómo suena), (ii) el nivel expresivo (qué expresa) y (iii) el nivel estrictamente musical (cómo funciona). Cada uno de los niveles indaga en la música con mayor profundidad que el anterior, pero ninguno de ellos es excluyente, lo que quiere decir que los tres se pueden entremezclar y confundir, y de hecho eso es lo que ocurre con mayor frecuencia. Consciente de la humildad de su posición y reconociendo su completa ignorancia en materia de teoría musical, el autor de estas líneas desearía proponer una estructura similar de su propia autoría para explicar los distintos tipos de relación que cada cual establece con la música, particularmente a lo largo del tiempo: (i) el nivel emocional, (ii) el nivel receptivo y (iii) el nivel integral.

El nivel emocional define la relación emotiva que uno entabla con la música, por lo general durante sus años de juventud. Tiene un valor mucho más generacional y social que puramente musical, y habitualmente está vinculado a recuerdos positivos y con frecuencia nostálgicos del pasado. El nivel receptivo, en cambio, corresponde a una indagación más activa en la música, impulsada por la curiosidad, pero también por los gustos de las personas o los referentes que uno tiene alrededor. Esta actividad se realiza principalmente durante los años más jóvenes, pero puede prolongarse también durante el resto de la vida y se caracteriza, entre otras cosas, por su eclecticismo. El nivel integral, por su parte, tiene un importante aspecto cuantitativo y se proyecta en el largo plazo, siendo el resultado de años de investigación y familiaridad que aportan un profundo conocimiento de una parcela concreta del espectro musical, y a menudo se asocia a personas de más edad o con una larga trayectoria en la apreciación de la música.

Al igual que ocurre con las maneras de escuchar la música categorizadas por Copland, estos niveles de relación con la música propuestos no son estancos, pueden solaparse con frecuencia e incluso cultivarse en paralelo, como parcelas diferenciadas. Tampoco se establece una jerarquía, al menos en un plano moral o cualitativo, lo que quiere decir que ninguno de los tres niveles es superior a otro en términos absolutos. En cambio, donde sí se nota que la escala define cierta progresión es en el hecho de que cada uno de los tres niveles marca un grado ascendente de implicación en la música, y determina lo lejos que uno ha llegado o está dispuesto a llegar en su conocimiento de la música, por lo que estaríamos hablando principalmente de una escala cuantitativa o proyectada en el tiempo. Por ello, también permite medir hasta qué punto una persona se ha involucrado en un determinado apartado de la música y lo conoce en profundidad.

Aplicando esta clasificación al caso que nos interesa, es decir, determinar qué hace que la música sea buena, los resultados serían bastante dispares. La buena música a nivel emocional es algo que depende plenamente de cada persona y de sus criterios particulares, por lo que se trataría de un criterio totalmente subjetivo. En el nivel receptivo, sería la que más relevancia tiene en determinados ámbitos o momentos, con un fuerte componente de influencia exterior, añadiéndose además un frecuente eclecticismo que dificultaría la posibilidad de ajustar el juicio crítico a casos concretos. En el nivel integral, por el contrario, el sujeto estaría idealmente tan implicado y versado en la materia que sería capaz de sacar sus propias conclusiones, aportando argumentos, ejemplos y contraejemplos, y llegando, en el mejor de los casos, a un cierto consenso con otras personas igual de involucradas.

Mediante este método es posible filtrar las dos tendencias que más dificultan una apreciación objetiva de la música, por remitir a dos esferas claramente diferenciadas que no son estrictamente musicales, como son el terreno personal y nostálgico en el caso del nivel emocional o la curiosidad y la heterogeneidad en el caso del nivel receptivo. El último ámbito, el del nivel integral, es el único en el que puede encontrarse un atisbo de objetividad al contar, por un lado, con un conocimiento avanzado del material a tratar y, por otro, con una cierta experiencia de su evolución y desarrollo. Esto se debe a que, por lo general, no es posible juzgar sobre algo que no se conoce bien, y tampoco es fácil comparar cosas que sean radicalmente diferentes.

Quien esto escribe no desea dar a entender que en los dos primeros niveles no se pueda tener razón y en el último sí, tan sólo afirma que la pretensión de objetividad se cumple claramente en mayor medida si se opera dentro del tercer nivel. Los dos primeros niveles pueden ser perfectamente sinceros y válidos, pero habitualmente en el primero se habla meramente de lo que a uno le gusta y en el segundo de lo que le puede interesar en determinado momento. Ambos presentan información de indudable valor e interés, pero no consiguen aclarar lo realmente buena que pueda ser la música en cuestión.

En el tercer nivel, en el que se presupone cierto grado de conocimiento y familiaridad, determinada obra musical es buena cuando funciona por sí misma y con respecto al resto de obras, cercanas o alejadas, cuando es especial por sus propias características y/o cuando constituye un ejemplo sobresaliente dentro de las coordenadas artísticas en las que opera, consiguiéndose así una catalogación con aspiración universal que se nutre de las distintas opiniones cualificadas en la materia. Este es el nivel en el que se generan los consensos mayoritarios con los que cada cual puede estar más o menos de acuerdo, pero que terminan definiendo los cánones de lo que comúnmente se acepta como buena música.

Para ilustrar un poco con ejemplos prácticos el significado de tanta cháchara teórica, en el caso del metal extremo que interesa a nuestros lectores tendríamos un nivel emocional en el que cada cual tiene sus favoritos por las razones personales que sean, sin que esto pueda fundamentarse de manera objetiva o incluso siquiera racional. En el nivel receptivo, en cambio, estarían los grupos que uno ha descubierto más recientemente, o las curiosidades que más le han llamado la atención, sin que nada de ello pueda someterse fácilmente al escrutinio de los demás, a menos que estén previamente inclinados a ello. El nivel integral, por su parte, nos permitiría establecer consensos que sitúen en cabeza a los grupos más significativos o fundamentales, independientemente de su relativa fama o popularidad en determinados momentos.

Es justamente ese nivel integral, por ejemplo, el que permite definir como esenciales a los grupos fundacionales de la escena noruega de black metal (Mayhem, Immortal, Darkthrone, Emperor, Burzum y Enslaved), situar en un honroso segundo plano a nombres como Gorgoroth o Ildjarn y empujar hasta un escalón menor a formaciones más populares pero de menor entidad como Dimmu Borgir, Satyricon o Carpathian Forest, más allá de los gustos personales y las diversas olas de popularidad que estos grupos hayan podido tener. Naturalmente todas aquellas formaciones que copien más o menos veladamente a las cinco primeras quedarán mucho más abajo en la clasificación, a menos que logren presentar algún rasgo o desarrollo propio. Algo similar podría aplicarse a las escenas de death metal de Florida, Nueva York, Suecia o Finlandia, obteniéndose rankings en los que oscilaría la posición relativa de cada nombre, pero no tanto su presencia ni su importancia, si el debate se hace con criterio.

Nótese que en este nivel se distingue explícitamente entre relevancia y popularidad, estimándose que este último factor pertenece más bien a los dos niveles anteriores. Esta consideración, un tanto pretenciosa quizá y sin duda también subjetiva, se debe al hecho inevitable de que, al aplicar el método propuesto al terreno del metal extremo, adoptamos de partida una perspectiva anclada en el underground que por naturaleza se opone a los dictados del mainstream, indudablemente mayoritarios en términos cuantitativos. No obstante, es nuestra convicción que en el entorno underground es donde se puede hallar un mayor grado de la manida objetividad al medir estas cuestiones, porque generalmente allí es donde se encuentra el público más versado y experimentado y, además, este sí tiene en cuenta lo que se hace en la esfera más comercial, lo cual rara vez sucede a la inversa.

Tal vez algún lector pueda sentirse decepcionado al llegar hasta el final de este texto y comprobar que no se llega a explicar realmente qué es lo que hace buena a la música, sino más bien de qué manera se puede llegar a cierto entendimiento que facilite, en el mejor de los casos, un consenso negociado al respecto que siempre será más o menos provisional, como prueban las revisiones periódicas que se hacen en los diversos cánones establecidos. A fin de cuentas, la meta no es tanto alcanzar una supuesta objetividad (que sería más bien el medio o el criterio) como una cierta solidez y riqueza en los juicios de valor para que puedan ser entendidos y compartidos por otros, que es lo realmente interesante en este asunto y lo único que puede justificar que algo sea bueno, más allá de las veleidades personales o sociales que, como hemos visto, son cosa de cada cual.

Escuchando: C.R.V.E.L. – 2025 – Desde las Profundidades del Infierno


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