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En defensa de

Gigatron

El porqué de que estos valencianos sean tan grandes,
más allá de las risas y la caña


 Puede que este artículo desentone un poco en un primer momento, al caer como una nota de color sobre un fondo más bien oscuro, pretendidamente serio y sesudo, pero quien sea capaz de profundizar más allá de las imágenes y llegue hasta el final del texto entenderá que, en realidad, no se trata sino de una estrella más, que no por estar un poco alejada deja de pertenecer a la misma galaxia.

 Han pasado ya cinco años desde la resurrección de Gigatron en 2005, la publicación de su segundo disco y su posterior disolución definitiva, por lo que puede ser este un buen momento para examinar con perspectiva el fenómeno del mismo nombre, disponiendo de los datos suficientes para hacer de él una lectura amplia y profunda. Denostado por algunos, alabado por otros y desconocido para muchos, Gigatron fue un grupo que surgió a mediados de los años noventa de las entrañas del infierno, por una Gigatron en 2005 falla geológica situada en las cercanías de la capital de la Comunidad Valenciana, y publicó en 1998 un disco con el nombre “Los dioses han llegado”, que sacudió el panorama del heavy metal nacional hasta sus cimientos.

 Gigatron no eran el típico grupo heavy de toda la vida, hijo bastardo de Iron Maiden, ni tampoco el habitual subproducto power metal del tipo que en aquella época proliferaba como las malas hierbas por todo el territorio hispánico. Se trataba de un grupo de coña, con letras divertidas y macarras, y fingidos aires de excentricidad y estrellismo. Pronto se convirtió en material de culto, sobre todo desde que poco después de sacar disco y de dar unos cuantos conciertos dispersos por la piel de toro se les perdiera la pista. Sus canciones se transmitieron de heavy a heavy, y pronto pocos fueron los metaleros hispánicos que no hubieran oído hablar de ellos.

 Desde el primer momento estalló la controversia. Un cierto sector de aficionados al metal consideró que lo que hacía Gigatron era una ofensa al metal, porque se reía de muchos grupos y de muchos clichés, y por tanto, era una burla del heavy, un insulto en toda regla. Estos reproches provenían principalmente del tipo de personas que considera o consideraba que el metal murió con el Triumph of Steel de Manowar, o de quienes por aquella época eran fans de Stratovarius, Edguy o los Blind Guardian más recientes y se creían guardianes de la “ortodoxia” metalera, degustando las últimas ediciones de Nuclear Blast entre partida y partida de rol.

 En su singladura por la escena metalera, la música de Gigatron se topó con numerosas reacciones de este tipo, pero también con las de quienes los acogieron como algo gracioso sin más, extremadamente gracioso incluso, pero sin pretensiones. En realidad, detrás de su componente humorístico, o mejor dicho, hilvanado de forma imperceptible pero inseparable en torno a su música hay oculta toda una declaración de intenciones, una forma de ver el heavy metal que a ningún oyente atento y curioso debería escapársele.

 En las líneas que siguen es mi intención intentar explicar qué es lo que esconden los discos de Gigatron, y por qué éstos deberían ser escucha obligatoria para todo verdadero aficionado al género. Nos centraremos en el primer disco, puesto que el segundo es en esencia una prolongación del primero, con los mismos temas y mecanismos.

GIGATRON, GRUPO DE HEAVY METAL

 Gigatron eran y siempre fueron un grupo de heavy metal. En ningún momento y pese a lo que afirmen algunas páginas web (1) se trató de una entidad calificable con el moderno adjetivo hispánico passe-partout “friki”, que sí sirve para describir a formaciones análogas como El Reno Renardo, con una temática que supera la esfera del metal para abarcar televisión y sociedad (con notable acierto, dicho sea de paso) o Tenacious D, que por alguna razón gusta enormemente a todos los metaleros del norte Los dioses han llegado (1998) de Europa a pesar de ser en esencia poco más que un número seudo-rockero propio de un late show estadounidense, con buenas voces pero nula trascendencia. Toda la música de Gigatron entra dentro de la etiqueta heavy metal, y lo mismo puede decirse de los temas que abordan sus canciones.

 Desde un primer momento puede comprobarse que se trata de gente que aprecia y conoce bien el género, y lo describe desde dentro, con la experiencia que otorgan años dedicados a la escucha de innumerables grupos y discos. Musicalmente, el heavy metal de Gigatron es una más dentro de las miles de derivaciones de la fórmula Judas Priest que conforman buena parte de la constelación del género. Sus riffs son sencillos pero robustos, y sus músicos competentes. Destaca la voz del cantante, un monstruo de la naturaleza capaz de desgarrar la voz y soltar rugidos a placer, combinados con unos agudos histriónicos y estridentes al estilo del primer Halford. En términos generales, podemos decir que estamos ante un heavy metal bastante cutre, pero heavy metal al fin y al cabo.

 Para cualquiera que haya escuchado varias canciones del grupo, quedará claro en seguida que la música no es el principal reclamo. Cierto es que se exhiben técnicas típicas del género, como un tapping bastardo en la mayoría de los solos de Los dioses han llegado, pero esto responde a una voluntad deliberada más allá de lo puramente musical. De lo que se trata, en realidad, es de recrear las múltiples influencias clave de la historia del metal, combinándolas en una especie de homenaje sui generis, pero sincero, que los presuntos heavies “ortodoxos” mencionados previamente no fueron capaces de detectar. Gigatron es un grupo que tanto musical como conceptualmente está trufado de referencias al metal. Para empezar el nombre de uno de sus componentes, la “Bestia Indomable”, se remonta al batería de Bella Bestia, grupo español ochentero de heavy glam, que solía actuar encerrado en una jaula y con la cara tapada por una máscara de monstruo, rasgo este último imitado por el gigatroner.

 Pero esto es sólo el principio de una larga lista: la canción Rebeldes de cuero como homenaje a Muro (“¡speed metal a tope!”), Poseso, a Venom, nombrados explícitamente (“el parche de Venom”), A mí sólo me gusta el rock, a Kiss, el solo de armónica de Rockanrollo como reminiscencia de Bob Dylan, la imitación del directo de Iron Maiden recogido en el Live After Death (“Scream for me, Long Beach!”, a pesar de que supuestamente se trate de un Live at in para Gigatron – Don[n]ington, otro directo de Maiden)*, el “grito Manowar” que cierra el disco... al lado de referencias a un montón de grupos y músicos, conocidos o no por el gran público: Scorpions (“Escorpiones”), Bella Bestia, DIO, W.A.S.P., Obús, Metallica, Bloque, Bruque, Asfalto, Leño, Tigres de Metal (Rebeldes de cuero), Judas Priest (“dispusimos los cañones, que disparaban solos de los Judas”), Manowar (“cantamos a capella – una canción de Manowar”), Bon Scott, Janis, Bonham, Moon (en Valhalla, a semejanza de Concierto para ellos de Barón Rojo), Muro de nuevo (“que te mueres, que te meas de gozar – como en el país de Kcôr”), Barón Rojo (“le suelto al diyoquei: ¡ponme una de Barón!, una raya, una hostia, y la pongo yo”), entre otros. Dudo que me equivoque si afirmo que no debo de ser el único que ha conocido a más de un Gigatron en concierto grupo mítico del panorama ochentero español gracias a Gigatron; la erudición desplegada a este respecto es más que considerable, y está introducida de una forma tan natural que uno apenas se da cuenta.

 Esto nos debería abrir los ojos al hecho de que, mientras que los grupos españoles de heavy metal miran desde principios de los noventa exclusivamente hacia el extranjero o directamente a su propio ombligo, Gigatron reivindica el legado de la fecunda escena hispana de la década anterior, en la que, junto a un montón de mediocridades habituales en cualquier tipo de moda, hubo grupos muy buenos y muy originales que quedaron en gran parte injustamente olvidados al cambiar el decenio (Panzer, Banzai, Ángeles del Infierno, Tigres, Santa…), que los jóvenes de 1998 no conocían, ni los de hoy tampoco conocen. Desde aquel año han cambiado mucho las cosas, por no hablar de cómo ha variado el paisaje desde la eclosión del heavy metal español a mediados de los ochenta, pero es muy importante que no se olviden las raíces ni el camino andado, y los fans de black, death, thrash y todas las variantes que se quieran poner delante de la palabra “metal” recuerden que su música favorita no salió de la nada por generación espontánea.

GIGATRON, PARODIA DEL HEAVY METAL

 Es indudable que Gigatron son una parodia, pero una muy distinta de los demás grupos heavies de coña nacionales o extranjeros, que basan su humor en el hecho de hacer canciones de heavy metal que hablen de cosas ridículas (Massacration, Green Jello), en hacer heavy metal tan exageradamente típico y encasillado que hace gracia (Nanowar, Grailknights) y, principalmente, en hacer versiones de canciones de rock o pop que tengan gracia sólo porque suenan a heavy (Blackstreet Boys, El Reno Renardo). Es alucinante la cantidad de parodias del metal que existen (2), un Duros comienzos número posiblemente muy superior a las de casi cualquier otro género, y es que el estilo es tan pintoresco y extremo y tiene tantas pretensiones de seriedad que se presta fácilmente a la ridiculización.

 La música de todos los grupos antes mencionados vale para poco más que un rato de risas. El caso de Gigatron es muy distinto. Su humor es muy sutil, y está en el límite entre la parodia y una fingida autenticidad, hasta tal punto que muchas de sus gracias no son explícitas, sino que están camufladas dentro del cuerpo de la música, como las canciones construidas a semejanza del estilo de otros grupos (Poseso y Venom, Valhalla y Blind Guardian), por no hablar de las frases geniales, antológicas, que nutren sus letras: "Bon Jovi me enseño que en el heavy también hay sitio para el amor" (Tú eres mi veneno), “A menudo los Manoguar vienen a mi barrio, cuatrocientos pijos mueren bajo sus hachazos” (A mí sólo me gusta el rock), “Serán tus armas tu malignidad, priva barata del súper y un bocata de fuagrás” (La tierra del rock), “Celulitis hasta en el pelo, almorranas de cuero, era fruta prohibida” (Privando con la peña), unas letras muy logradas que constituyen todo un ejercicio de malabarismos verbales.

 Gigatron no se burlan del heavy metal por ser tal, se ocupan más bien de los distintos temas subyacentes al género, como por ejemplo el de la épica. Lo épico es algo presente en el heavy metal desde sus principios, un hilo conductor que entronca con la raíz individualista y la voluntad de superar las adversidades que caracteriza al género desde sus comienzos. En el primer disco se le dedica nada menos que tres temas, lo cual es lógico si tenemos en cuenta que, al fin y al cabo, la imagen de “espada y brujería” es con diferencia la faceta más conocida del heavy metal. El barco de colegas es la canción que abre el disco, en ella se habla metafóricamente de cómo los heavies son una comunidad fraternal que vive al margen de los demás y – esto es muy significativo – acaba siendo derrotada por el sistema, lo cual no quiere decir que fuera inferior ni que no valiera la pena (“vamos al otro mundo y allí – seguiremos metiendo caña”). En Valhalla la referencia es más convencional, con la novedad de que se equipara el mítico paraíso de los vikingos con placeres gastronómicos y fiesteros más mundanos, lo que refleja la vocación eminentemente práctica de la filosofía Charlie Glamour en 2005 heavy (“un vikingo vende birras, calimocho y ducados, ¿qué más puedo pedir?”). Por último, La tierra del rock sublima la singladura vital de todo heavy, su lucha diaria contra todo y contra todos en pos de una libertad a la que tiende su espíritu, que sólo pueden alcanzar los fuertes de corazón y voluntad (“sólo los auténticos hijos del trueno tenemos un lugar en la tierra del rock”).

 Otro punto importante en el que insiste Gigatron con su humor afilado y ambivalente es lo que podríamos denominar “estrellismo”. Una de las cosas más originales de su álbum debut es la presencia de coros ficticios que simulan aclamaciones del público en un estadio abarrotado, a la manera de los macroconciertos de los años dorados del heavy metal. Gigatron se presentan como grandes estrellas, producto de éxito made in USA como tantos otros antes que ellos, y añaden a esta pose todos los clichés del género, pervirtiéndolos uno a uno: groupies en el camerino, números uno en las listas de venta, carrerón imparable, presuntuosidad insultante (“no sabéis lo que flipa ser el puto amo”), drogadicción galopante, lujo grotesco e inestabilidad emocional (“a veces cuando estoy llorando con la cabeza hundida en una montaña de farla en mi limousine…”). Acumulan con infinita erudición todos los defectos y la vanidad de que los distintos grupos de rock y hard rock más famosos de la historia han hecho gala y los condensan en un solo engendro que no por ser exagerado más allá de toda medida deja de resultar coherente. Se trata de una parodia que al mismo tiempo no lo es, porque se recrea en lo gozoso de aquella imagen irreal y del aura mítica que irradiaban los grandes héroes del rock en sus mejores tiempos.

 Además de estas dos facetas principales, podemos señalar otras que son distorsiones de fenómenos reales, como los escasos miramientos con el inglés propios de los grupos no anglosajones (Touch me the guitar, Ai guana toch) o lo fácil y pegadizo de los estribillos de muchas canciones de heavy metal convencional, sostenidos por coros que en el caso de Gigatron son los gritos de ánimo, más entusiastas que afinados, de los colegas de turno apoyando al grupo en concierto, lo que sumado a los ruidos de masas enlatados de un falso directo constituye una mezcla imposible y magnífica.

JEVI METAL, DROGAS Y FUAGRÁS – GIGATRON Y LOS HEAVIES

 La música de Gigatron tiene la rara virtud de retratar fielmente la vida de los heavies, sus aspiraciones y sus sentimientos. Lo hace de una forma deformada y caricaturesca, pero no por ello alejada de la realidad. Por sus canciones pasan las ganas de fiesta (Rockanrollo), la importancia del compañerismo (El barco de colegas), el gusto por la caña (“y con furia en la noche toqué – un millón de solos salvajes”), el cutrerío redomado (Privando con la peña), la omnipresencia de las drogas como realidad juvenil (“saco la farli, me meto un trallón – le corro a gorrazos a ritmo de rock”), la rebeldía a ultranza, el odio a los pijos y otros pilares del sistema. Sobre esto último se extienden con holgura, Macarras como pocos encarnando en la figura del niño pijo o “niño-bien” todos los males de la sociedad mercantilista, prejuiciosa e intolerante. Los ataques a los pijos son un alegato anti-sistema, un grito de guerra contra los ricos y los burgueses convencionales, mojigatos y conservadores, a los que el heavy metal se opone frontalmente, como filosofía rebelde y destructora de tabúes.

 Las amenazas e insultos contra los pijos recogen toda la frustración de los jóvenes heavies en un mundo en el que se les denigra por querer distanciarse del ideal juvenil del triunfo material, el culto a la imagen y la sed de poder, y se materializan en imágenes de violencia metafórica, pero igualmente placentera: “A menudo los Manoguar vienen a mi barrio, 400 pijos mueren bajo sus hachazos” (A mí sólo me gusta el rock), “me encontré con un pijo, ¡lo maté! – con sus tripas la chupa me forré y con sus párpados un peta me lié” (La tierra del rock). En oposición a ese mundo, las fiestas más deseables son las más descontroladas, la ingesta masiva de alcohol y drogas va mano con mano con la descarga brutal de decibelios, y las relaciones con el sexo femenino son siempre directas, viriles y sin afectación.

 A pesar de señalar sus rasgos más oscuros y sucios, Gigatron se recrean en el día a día de los heavies, ensalzan su visión pragmática, sincera y epicúrea de las cosas en lo que a la gastronomía, la fiesta y las mujeres se refiere, sin ocultar que por lo general ésta está reñida con lo que la sociedad espera de ellos, empezando por el propio hogar familiar (“a mi viejo no le mola mi peña, a mi vieja no le molan mis melenas”). A través de Los dioses han llegado, pero también en entrevistas posteriores (3), recalcaron algo que considero muy importante señalar, por ser una idea que parece haberse perdido en la bruma de los tiempos: que el heavy metal es música macarra, no música de frikis. Con el paso de los ochenta a los noventa, al estereotipo de rockero duro le sucedió una generación de jugadores de rol y coleccionistas de espadas, que gustaban de escuchar power metal entre partida y partida del juego de ordenador de moda. Esta constante dura hasta hoy, lo que hace que dentro de un círculo de heavies el ambiente sea a veces más parecido al de un patio de instituto con chavales raritos que al de una congregación de gente ruda y pendenciera, lo que sin embargo no deja de ser dos caras de la misma moneda: dos perfiles distintos de persona inadaptada. Gigatron se sitúan decididamente del segundo lado, afirmando de esa forma que el heavy metal es música creada para comerse la vida, no para comer marcianitos en una pantalla.

 Es interesante por otra parte observar cómo su marcada tendencia a la épica encaja a la perfección con la reivindicación de las cosas sencillas de la vida. El idealismo de Gigatron, que tiene como icono supremo su Templo del metal, es una metáfora épica de la libertad, la soledad y la marginación a partes iguales que implica el hecho de ser heavy. El odio a los pijos, y por ende al orden establecido, entra dentro del mismo juego. Sin embargo esta postura vital, combativa e inconformista, que queda plasmada en el tono irreverente, sucio y brutal de unas letras sin pelos en la lengua, no está reñida con una glorificación de todo lo hermoso y valioso que la vida nos ofrece, materializado en los pequeños placeres (“priva barata del súper y un bocata de fuagrás), la buena mesa (“es gratis la mortadela, vino, papas y anisete están siempre de oferta”) y una feliz austeridad (“birra, calimocho y Ducados, ¿qué más puedo pedir?”). En resumen, a través del humor se pasa revista a las múltiples dificultades y contratiempos de quien decide vivir al margen de Mar de cuernos lo que está de moda y lo que goza de la aprobación general, pero también se reivindica con firmeza que el mundo reserva multitud de recompensas para quien es coherente con sus principios y afronta la vida con valentía.

MAR DE CUERNOS

 En 2005 Gigatron protagonizó un inesperado regreso. Volvió con nuevo disco, casi el doble de largo que el primero, acompañado de otro disco “fantasma”, Hitthrashhit, distribuido gratuitamente por la red, ya que se componía de versiones no autorizadas de canciones de otros grupos, y prometió una gran gira a escala nacional que por desgracia se truncó antes de hacerse realidad (4). Antes de su salida, se podía especular cualquier cosa acerca de este segundo álbum, y muchos dudaron, no sin razones, que el grupo fuera capaz de estar a la altura de su debut. Gigatron pulverizó las críticas haciendo lo mejor que podían hacer, una apoteosis de todos sus rasgos distintivos. Se puede opinar que el primer disco, o incluso la maqueta, eran más frescos, más originales, pero en Mar de cuernos, nombre que adoptó la criatura, se retoma el espíritu con tanta gracia y tanta genialidad que es imposible arrepentirse de haber escuchado este segundo asalto.

 Casi todos los temas que tocaba Los dioses han llegado fueron retomados por Mar de cuernos, tanto el satanismo (Machocabrío, Ouija) como la caña (Espiz metal, Quiero rock), la fiesta y el alcohol (Himno al botellón), la marginación (El rock del contenedor, Marginado) o la épica (Banderas de roña, Tormenta de ostias). En general se pone más énfasis en la brutalidad (Alma de animal, Máquina machín) de lo que se hizo en el primer disco, con la honrosa excepción del himno al estrellismo Walking by my barrio. Se abren también nuevos caminos, como las referencias a iconos de la infancia (Mazinguer metal), a vivencias Campaña popular que forman parte del pasado de todo heavy (Tú mismo) o el tributo al heavy aflamencado de Medina Azahara (La Virgen de las Tachuelas), pero probablemente lo más llamativo y redondo a la vez sea la espectacular trilogía épica al modo de unos Manowar o Rhapsody (of Fire), que lleva por sugerente título The warrior of the barrio.

 En general, el segundo disco supuso un paso enorme para Gigatron en cuanto a la calidad de su música. El nivel compositivo e interpretativo es netamente superior, y la producción está a años luz del sonido de 1998. Mar de cuernos tiene algunas joyas como la mítica introducción que necesita todo disco de metal que se precie (Hail to the Gods of Metal), la inclusión, en el segundo homenaje a Muro, convenientemente titulado Espiz metal, como sonido de fondo de ¡un martillo pilón!, de nuevo letras fabulosas (“el de en medio – de los Venom”) o la retahíla de evocaciones de la canción Machocabrío, perfecta mezcla de épica y sordidez: “Moto, vino, cuero, chorizo – Sangre, motos, cuernos, cuescos”, una necesaria cura de realidad frente a los grupos “épicos” más conocidos, que pierden de vista la vida real y toman los símbolos de forma plana y literal. Mar de Cuernos es a todas luces el mejor retorno que podía esperarse, y poco después de su publicación, el grupo decidió disolverse para evitar así agotarse exprimiendo el fenómeno en exceso, desgraciadamente con algunas dificultades añadidas que supusieron la cancelación de la gira inicialmente prevista. Por fortuna, su página web permanece disponible a día de hoy (5) para quien quiera consultar reseñas de prensa, letras, su pintoresca autobiografía y fotos antiguas, o descargar vídeos del Emule y hasta salvapantallas.

POR SIEMPRE GIGATRON

 A diferencia de la mayoría de las parodias del heavy metal, que terminarán tarde o temprano abandonadas en algún oscuro rincón de Youtube cuando ya nadie más se digne a rescatarlas, Gigatron permanecerá por siempre en los corazones de los heavies, porque supo llegar hasta ellos al tiempo que entretenía sus mentes, porque recopila la experiencia de unos heavies entrados en años que han vivido mucho y conocen el mundo, que son pesimistas pero lúcidos, sarcásticos pero pragmáticos, porque su música es antisocial, marginal y guarra pero también dura y auténtica, como el heavy metal de antes, y porque es la mejor parodia del género hecha hasta la fecha en territorio ibérico, y probablemente una de las pocas a escala internacional que valgan realmente la pena.


Belisario, mayo de 2010

 * Puntualización amablemente señalada por Annayn a posteriori.


DISCOGRAFÍA

  • 1997 - Huracanes del metal (Live in Donnington '97)
  • 1998 - Los dioses han llegado
  • 2005 - Mar de cuernos [Dynamo Records]
  • 2005 - Hitthrashhit (El disco fantasma) [Dynamo Records]

 (1) Gigatron en Wikipedia
 http://es.wikipedia.org/wiki/Gigatron

 (2) Encyclopaedia Metallum: The Metal Archives Forum - Parody bands
 http://www.metal-archives.com/board/viewtopic.php?[...]

 (3) Entrevista en Viruete.com
 http://www.viruete.com/entrevista-a-gigatron

 (4) Comunicado de Gigatron en su foro oficial, enero de 2006
 http://gigatron666.mforos.com[...]comunicado-oficial-de-gigatron

 (5) Página web oficial de Gigatron
 http://www.gigatron.biz/el-templo-del-metal.htm





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