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JULIO DE 2018 - DISCO DEL MES:
SIETE LAGUNAS - I & II (2018)


 La etiqueta “experimental” casi siempre es ambigua: puede utilizarse para referirse a proyectos inusuales y novedosos que desconciertan con una combinación de elementos e influencias nunca antes vista, pero también para describir intentos inconclusos o fallidos de alcanzar la tan ansiada originalidad a la que aspira toda propuesta musical seria. Nuestro disco de este mes entra dentro de esta categoría, más en la primera acepción que en la segunda, aunque eso no es algo que se revele automáticamente al oído. Bajo el sugerente nombre de Siete Lagunas llega hasta nosotros una nueva entidad, cuyos dos únicos miembros no son otros que Francisco Fernández y Antonio Espinosa, guitarristas de los colombianos Cóndor, justo cuando algunos empezábamos a preguntarnos por el paradero y las actividades de estos músicos. Lo que puede encontrarse en este disco, de título escueto pero transparente (I & II), es un compendio de las dos primeras maquetas de esta formación de nuevo cuño, editadas por un sello colombiano de reciente creación, La Caverna Records, cuyo dueño tuvo la amabilidad de enviarnos hace cosa de dos meses, a modo de promo, sus dos primeras publicaciones, el álbum Mental Turmoil de los estadounidenses Thrombus (1993) y esta pieza que nos ocupa.

 Confieso que ya conocía la propuesta de antemano, cuando tuve noticia de la aparición de la primera demo. La escuché con interés, pero el contenido me resultó tan disperso y el formato tan breve (apenas 10 minutos de música) que no le di excesiva importancia. Ahora las cosas han cambiado, no solo por haber sido objeto de una edición oficial, sino porque ésta incluye una segunda maqueta que además de alargar la duración algo más allá de los 20 minutos pone también en juego nuevos elementos y permite establecer una interesante comparación entre dos obras que son distintas entre sí pero pueden interpretarse como una narración continua con una clara evolución intermedia. De hecho, los títulos de varios de los temas sugieren que esta continuidad es deliberada y ha sido planeada de antemano, lo que permite especular con la posterior aparición de otros cinco capítulos más o menos extensos que culminen en una séptima laguna. Conociendo a los artistas involucrados, lo más probable es que los futuros episodios compartan el mismo formato escueto, casero e independiente que ha definido hasta la fecha todas las creaciones sonoras de estos músicos.


Siete Lagunas - I & II (La Caverna Records, 2018)


 La primera parte se caracteriza por exhibir un metal de inspiración folk y naturalista, pero muy alejado del pagan metal eslavo que viene a la mente al mencionar esos dos adjetivos. Surcados por interludios introspectivos de guitarra acústica, los cinco temas generan una atmósfera de nostalgia y recogimiento. Hay aquí algo de Osuna y leña, otro proyecto paralelo menos conocido de Espinosa y Fernández, en el que las cuerdas de guitarra o tiple colombiano adquieren protagonismo exclusivo, ya que tanto los guitarreos solitarios y distantes como las melodías de corte folclórico de Siete Lagunas tienen mucho en común con el minimalismo formal de dicha entidad. Naturalmente, también hay retazos de Cóndor en la manera de abordar las frases e hilar las distintas partes, aunque la influencia heavy/blues tan presente sobre todo en los inicios de dicho grupo parece haber quedado definitivamente atrás en favor de una fórmula que se posiciona inequívocamente en el terreno de un metal más áspero y sombrío.

 La segunda demo apuesta decididamente por un black metal sin concesiones, absolutamente crudo y oscuro. La duración es aún más concisa que la de la pieza anterior (minuto y medio menos), lo que redunda en una condensación todavía mayor de los elementos exhibidos. El grupo consigue encajar un máximo de contenido en el menor espacio posible, evitando repetir más de una vez ningún elemento e incluyendo así en sus canciones un volumen de material equivalente al que otras formaciones emplearían para temas de 6 o 7 minutos. Los intervalos acústicos de la primera parte se trocan aquí por intros con ruidos raros y siniestros que parecen ambient industrial, cambiando por completo el tono y la atmósfera. Claramente más sombrío que el primero, este episodio abandona el folk para aproximarse a una pureza descarnada que confiere un matiz muy diferente pero complementario a la exploración de ambientes naturales que evocan los títulos de las pistas. Es como si, tras una jornada soleada bajo los árboles durante los primeros doce minutos, la noche hubiera caído sobre el bosque para hacernos ver, en los minutos que siguen, una cara totalmente distinta de aquel mismo entorno agreste y sobrecogedor.




 Las dos maquetas están grabadas conforme a la filosofía DIY que ha distinguido a estos músicos desde sus comienzos, lo que explica por ejemplo la manera amateur y dispersa de tocar la batería, así como la pobreza de la producción, pero también la envidiable libertad con la que estos artistas construyen su música. Cabe destacar que, en la mayoría de las canciones, se oye una especie de ruido de fondo ominoso que lo envuelve todo y que, combinado con los sonidos extraños y distorsiones varias de la segunda parte, termina de fraguar una atmósfera densa y amenazadora. No queda claro si esto se debe a algún tipo de efecto o sencillamente a las modestas técnicas de grabación, pero el resultado es sobresaliente. En cuanto a las voces, Espinosa consigue una fantástica ejecución, con muchos más registros e intensidad que nunca antes. El empleo de la lengua castellana es otro rasgo reiterado que cabe elogiar, ya que en manos de estos artesanos de la palabra, otorga una gravedad solemne y misteriosa a títulos y letras que sumerge por completo al oyente en un mundo exótico y fascinante. Nada de lo que se menciona es gratuito o inocente, sino que está lleno de contenido, en virtud de la amplia cultura de sus autores; sirva como ejemplo la discreta mención a “Bachué” en el corte “Descenso Lunar”, que este cronista ha rastreado con verdadero asombro y deleite.

 Hemos señalado la gran diferencia de enfoque que existe entre las dos partes: mientras una pretende abordar el folk desde una perspectiva metálica, la otra se deja envolver en una oscuridad ruidosa para expresar el lado más sombrío de la soledad y el aislamiento. Esta divergencia puede constatarse en las propias portadas: la de I es un dibujo a carboncillo, melancólico pero sencillo; la de II parece un fotograma de la película Begotten. La primera demo es más fácil de seguir, quizá por su naturaleza más amable, pero eso hace que también impresione algo menos que la segunda, que resulta más extrema e inhumana. Lo que ambas tienen en común es una noción permanente de pasajes y movimiento, como si fueran sendos compendios de instantáneas o visiones breves de las distintas realidades de un paisaje que va cambiando a medida que avanza el caminante que lo contempla. Se transmite la idea de un viaje, un desplazamiento sin prisa pero sin demora alguna a través de parajes sonoros pintados con tanta austeridad como eficacia, merced a un minimalismo muy bien entendido y una encomiable libertad compositiva, para estimular al máximo la imaginación. Es posible que, por su estética tan inusual como radical, este planteamiento no guste de primeras, cosa que le ocurrió a quien suscribe durante las primeras escuchas, antes de familiarizarse con sus recovecos y procederes y quedar fascinado por su originalidad, profundidad y ambición. Espero que los lectores puedan llegar a una conclusión similar.


Belisario, septiembre de 2018





Belisario 2018

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