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FEBRERO DE 2018 - DISCO DEL MES:
CRIMSON MASSACRE - THE LUSTER OF PANDEMONIUM (2005)


 Tras unas últimas escuchas de novedades bastante decepcionantes (el nuevo de Ataraxy no consigue despegar en ningún momento y el retorno de Necrophobic se queda en death melódico de lo más trivial), me parece buen momento para echar la vista atrás y recuperar un disco que ha quedado a todas luces bastante olvidado, pasados ya más de diez años desde su publicación. Los tejanos Crimson Massacre fueron un grupo de corta vida que sacó dos álbumes largos antes de sumergirse en un letargo que a estas alturas cabe interpretar como desaparición de facto. Su debut (Temple of Gore) es un disco gris que no sabe decidir si se adscribe a la vía del death o el black metal, y como resultado fusiona ambas escuelas por medio de un difícil compromiso que no llega a dar frutos consistentes. Apenas dos años más tarde y después de un relevo parcial de la plantilla, la formación volvió a la carga con The Luster of Pandemonium, un álbum de puro death metal, único y fascinante, que aúna complejidad técnica y capacidad expresiva, ofreciendo una escucha tan rica como exigente. Al parecer el grupo estuvo trabajando en material posterior, cuya publicación en forma de tercer disco llegó a anunciarse en algún momento, pero pasado ya tanto tiempo es muy probable que ese título hipotético nunca llegue a aparecer. Pese a la breve trayectoria de la formación, su segundo trabajo brilla con luz propia, y constituye uno de los escasos discos de death metal técnico de los últimos lustros que trascienden la exhibición onanista de habilidad para transmitir un significado tangible.


Crimson Massacre - The Luster of Pandemonium (Deathgasm Records, 2005)


 El álbum arranca con un death metal complejo y descarnado que trae a la mente la etapa intermedia de Gorguts en los tiempos del Obscura. Las dos guitarras asumen el papel protagonista y llevan todo el peso de la acción, mientras el resto de instrumentos trata de seguir su impulso desbocado. La voz es relativamente anodina, y la batería resulta especialmente discreta, a la manera de los primeros Suffocation, limitándose a generar ritmos que son más contornos difusos que auténticos anclajes firmes. Los riffs son crudos y enrevesados, un verdadero campo de alambre de espino que se extiende hasta donde la vista puede abarcar. Su textura hace pensar en los mencionados Gorguts, pero su sucesión estratégica y nada aleatoria tiene más semejanza con Immolation, aunque la manera de ejecutarlos sea totalmente distinta: en lugar de dejar espacios e intersticios entre ellos para que las composiciones puedan respirar, el grupo opta por un chorro incesante que va cambiando de forma y recombinándose a gran velocidad, sin que uno consiga percatarse por completo, al menos en las primeras escuchas, de todo lo que está ocurriendo. En ocasiones la música parece especialmente confusa, pero prestando atención es posible distinguir una clara dirección subyacente que orienta todas las canciones hacia una conclusión concreta. Cuando el oído se acostumbra a la aparente cacofonía, propia de las primeras veces en que uno se atreve con discos como Nespithe o Pure Holocaust, la organización de las estructuras asoma en todo su esplendor, y sólo entonces puede apreciarse el fantástico desarrollo instrumental que tiene lugar en cada uno de los temas. Aunque haya espacio para algún que otro riff melódico que surge de vez en cuando como por sorpresa, la mayoría de ellos tiene una vocación armónica que solamente se percibe al observar cada pieza en su conjunto. La impresión general es la de un avance sin pausa por un territorio desconocido, una progresión en un entorno hostil que no da tregua ni respiro.




 La duración de las pistas es extremadamente desigual, lo que da una idea de la variedad de composición de las mismas. La última de ellas, la más extensa si exceptuamos el largo interludio acústico que separa en dos el disco, es una espectacular progresión que alcanza grandes cotas de epicidad por medio de pura intensidad guitarrera, sumando capa tras capa de riffs proteicos y retorcidos que acumulan tensión infinita hasta coronar la cúspide. El mencionado intermedio instrumental resulta no menos impresionante, integrando distintas fases dentro de una larguísima narración que no por ser excesiva está fuera de lugar. Por su presencia central e imponente, de alguna forma recuerda a los intervalos musicales que aderezaban los minutos de descanso entre las dos partes de las superproducciones históricas de la era dorada de Hollywood. En el resto de temas, que son más homogéneos, al menos en la superficie, se detecta a veces lo que podría interpretarse como una dificultad para avanzar, como si las guitarras fueran demasiado rápido y los demás instrumentos no lograran mantener el ritmo. Mi opinión es que este efecto es deliberado, y tiene como fin centrar la atención en las seis cuerdas y permitir transiciones bruscas e impredecibles que de otra manera parecerían muy forzadas. Tanto este elemento como la propia construcción y disposición de las frases son rasgos muy particulares y característicos que redundan en una indudable originalidad que no cabe comparar sino remotamente con otros grupos, como hicimos más arriba. El álbum en su conjunto posee la rara virtud de ser constantemente imprevisible y sorprender a cada instante, tomando caminos abruptos y poco convencionales para resolver cada composición. Lo que sí es común a casi todas las pistas es su afán por generar una tensión permanente en mitad de un brillante caos organizado que parece ser la idea de base del disco entero. En ese sentido, es posible afirmar que su título es totalmente acertado. Como ya hemos visto, ese está lejos de ser el único acierto de este monumento de death metal técnico que, a diferencia de lo que suele asociarse a dicha denominación, no solamente es notable en su ejecución y destreza, sino también en lo que expresa y evoca.


Belisario, marzo de 2018





Belisario 2018

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